EL ARTE DE TITULAR

 


EL ARTE DE TITULAR

 

 Por JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ MUÑOZ

 

Jorge Eliécer Ordóñez. Fotografía de Eleazar Plaza.

 

El libro que ha dado varias vueltas, que ha soportado una buena dosis de gaveta, que ha sido compartido con el par de lectores de cabecera que aún nos quedan, por fin está listo para su publicación. Resta un mínimo y máximo detalle a la vez: ¿Cómo bautizarlo? Toda creatura y criatura merecen un nombre, ese sello distintivo que le imprime su perfil. Tarea dispendiosa porque se busca la originalidad, la audacia sin caer en el disparate, cierta música, cierto ritmo interior, cierto duende que lo haga grato a los ojos y al oído, porque las palabras se ven en el silencio y se escuchan en la urdimbre de las letras. Signo y silencio. Símbolo y música. Hay un diálogo entre todos los sentidos cada vez que leemos, escuchamos, palpamos, degustamos e incorporamos a la piel un título certero. Una vez la falleba, es decir el título de un libro, entreabre puertas y ventanas quedamos en estado de gracia para seguir navegando en las aguas del texto. Un título eficaz nos conmina, uno inapropiado nos predispone, cuando no, nos aleja. Difícilmente invertiríamos tiempo y dinero, sobre todo tiempo –que es la mayor dádiva humana- en libros con estos nombres desafortunados: El ladrón de glándulas, El tórax de tus ojos. Que me perdone el gran poeta Héctor Rojas Herazo, pero su último poemario Las úlceras de Adán, no tuvo la fortuna de otros títulos suyos favorecidos por la gracia de la Poesía: Desde la luz preguntan por nosotros, Agresión de las formas contra el ángel, Rostro en la soledad. Celia se pudre, una de sus novelas, en la línea de la estética de lo feo, tampoco logra seducirme, en cambio sí, Respirando el verano. Para subjetividad preguntémonos qué motivó a ciertos padres para bautizar a sus hijos como Rocamadour, Usnavi y al par de gemelos Herney y Juverney. Nadie le disputa el trono del absurdo al furibundo aficionado al fútbol que con registro de notaria abjuró de su nombre de pila para llamarse Deportivo Independiente Medellín. Son los tiempos señor, nos dice con fina ironía don Juan Rulfo. La emocracia, como expresión extrema de las emociones ocupa en el momento el lugar que utópicamente debió ocupar la democracia. Ni los títulos se escapan de la manipulación emotiva ejercida sobre grandes conglomerados, acríticos y ahistóricos. Poco podemos hacer los 4365 lectores reales que habitamos el legendario país de Oniria. 

Jorge Eliécer Ordóñez y Marthica y Lucía y Ligia Laiton al fondo. Fotografía de Carlos Fajardo Fajardo, tomada en el Encuentro en la Universidad Nacional en el 2020.

En el amplio espectro de la titulación aparecen los denotativos, referidos a personajes o lugares: La Ilyada, epopeya en honor a la ciudad de Ilyón o Troya, mítica, guerrera, inefable. Borges la reverencia: Ilyón es porque fue, insinuándonos que el tiempo es una quimera cíclica, donde los hombres ciframos nuestra fugacidad entre murallas, lanzas, escudos y caballos. La Odisea, canto en honor a Ulises u Odiseo, el astuto, quien ya en el siglo VI A.C. anunció el primer bolero, cuando trataba de dirimir la encrucijada entre la hechicera Circe y su paciente esposa Penélope: Y si me ofrecieran riquezas y glorias renunciando a ti, sin vacilaciones, yo respondería, prefiero la muerte, a la gloria inútil de vivir sin ti. Trueque que solo explica el amor, a lo humano, con sufrimiento, aventuras colosales, abandono de los dioses, poética de la cotidianidad, retorno y muerte. James Joyce lo intuyó con sabiduría y nos trastornó con su moderno Ulises.

Estos dos títulos, por difusión universal se convirtieron en sí mismos en conceptos que se utilizan a diario, sin que necesariamente la gente conozca su origen, su motivación: una odisea, una empresa difícil, llena de turbulencias y peripecias. La Odisea Espacial, la Odisea del Descubrimiento y Conquista del Nuevo Mundo, que Carlos Fuentes rebautizó como La Gran Chingada, vale decir, la Gran Violación. Detrás de los títulos puede esconderse la caja de Pandora, con todos los bienes y los males de la humanidad.

 Allí fue Troya, se armó Troya, para significar un conflicto de muchos años, una guerra sin cuartel; en apariencia por el rapto de la bella Helena, porque todo conflicto tiene una estructura superficial y una estructura profunda, para evocar a Noam Chomsky, el judío americano, rebelde con causa. Detrás de Helena, detrás del florero de Llorente, hay causas, más allá de la anécdota, que los sociólogos y los hermeneutas, explican con argumentado rigor.

Los Cantares de Gesta medievales, anónimos en su mayoría, van por esta misma línea: La Canción de Roldán, en Francia, El Mío Cid, en España, El Canto de Igor en Rusia, El Beowolf, en Inglaterra, Los Nibelungos, en Alemania. Igual nuestros textos ancestrales precolombinos: Popol Vuh, Chilam Balam, Yurupary. La picaresca española nos legó El Lazarillo de Tormes y El Buscón.

La novela moderna no es como decía Menéndez Pelayo “la última degeneración de la epopeya”, para nada, se trata de un género autónomo, propio de la modernidad, de la productividad del espíritu, del beneficio de la duda, tan cara al método científico; cuando se carnavalizan los géneros y aparece lo que el semiólogo ruso Mijail Bajtin llama Corriente Dialógica de la Cultura; a diferencia de la épica, donde solo se escuchaba la voz de la aristocracia guerrera. En los poemas homéricos los héroes son reyes o príncipes, por contera emparentados con los dioses: Agamenón, Menelao, Héctor, Paris, Ulises, Eneas. Corriente Monológica, el eco de una sola voz, omnímoda, omnisciente, sin la más mínima posibilidad de ponerla en duda, discrepar de ella, subvertirla. Todos estos personajes se parecen en su caracterización, no dudan, no ponen en crisis ninguna estructura social, política, mítica, religiosa. Aceptan el hado o destino como un devenir natural, predeterminado en illo témpore.



En la novela aparece la alteridad, con caracterización psicológica heterogénea, el humor, la duda, la risa, el desparpajo. Don Quijote de la Mancha, el Ingenioso hidalgo, pone en crisis la fe y el teocentrismo medieval con la duda y el antropocentrismo renacentista. Ve gigantes, donde la masa ve molinos, ve ejércitos en contienda donde la mayoría ve rebaños de cabras. Su tarea humanista es otorgarle derechos y justicia a los excluidos, a los héroes degradados, abandonados por los dioses, bien sea el barbero, el campesino, las mozas de partido, -eufemismo para enmascarar a las vírgenes de medianoche, otro eufemismo- las viudas y los huérfanos, los penitentes del camino, los jornaleros de las fondas, ese flujo anónimo que está asistiendo a un cambio histórico sin precedentes. Por la misma senda camina Gargantúa y Pantagruel de Francoise Rabelais. Palabra en diálogo, el humor para romper el hielo, el carnaval que se da el lujo de poner el mundo al revés, en un ritual de Entronización y Desentronización. Don Quijote armado caballero, Sancho Panza, su fiel escudero, gobiernan la Ínsula Barataria, en una maravillosa parodia sobre las deleznables y cuestionables estructuras del poder. La duda, el humor, la risa, al servicio de la productividad del espíritu, maravillosa impronta de la novela moderna. Cuando a don Quijote le increpan que está falseando la realidad, que está alucinando, aparece uno de los artificios maravillosos de la literatura y yo diría, de la historia. Les dice el manchego, lo que pasa es que ustedes no pueden ver lo que yo veo porque han sufrido un encantamiento. Extraordinaria analogía en todos los tiempos: el encantamiento del poder, del dinero, de las ideologías, sin excepción, con sus múltiples tentáculos de alienación no nos deja leer bien la realidad. Vivimos de encantamiento en encantamiento: el fútbol, religión postmoderna, la farándula que produce personas pitillo: de plástico por fuera y vacías por dentro, la religión que promete un reino en el más allá, con amenazas de por medio, cuando el reino de la paz y la justicia debería ser aquí y ahora. El encantamiento que postuló don Quijote de la Mancha en los albores del Renacimiento es el mismo que hoy por hoy produce Vietnam, Afganistán, Praga, Ucrania, Plaza de Tiananmén, Gaza, Colombia, con su infame guerra civil no declarada por más de Cien Años de Soledad. Crece, crece la audiencia, que sube su Sueño de las Escalinatas, mientras una Generación Desencantada se autodestruye, víctima de un encantamiento centenario. Si Mañana Despierto y sé que vivo, decía uno de nuestros poetas mayores, Jorge Gaitán Durán, antes de desplomarse como Ícaro, en una pequeña isla de las Antillas menores. Venía de Paris y había escrito poco antes, de manera premonitoria: El regreso para morir es grande/lo dijo en su aventura el rey de Itaca/Mas amo el sol de mi patria/ el venado que corre por los cerros/ y las nobles voces de la tarde que fueron mi familia/Mejor morir sin que nadie/lamente glorias matinales/ lejos del verano querido donde conocí dioses/Todo para que mi imagen pasada/ Sea la última fábula de la casa./ El vate, el poeta visionario que ha vaticinado su propia muerte. Si Mañana Despierto y sé que vivo. Por eso nuestra corporación literaria honró ese bello título y por contera, al poeta que luchó desde el Grupo Mito para que su amado país saliera del encantamiento.

Portada de la Revista Cántiga. Publicada por el Grupo Si Mañana Despierto.

Observemos como los títulos de las grandes obras obedecen a su momento histórico. Son los tiempos, señor, repite Rulfo. Ana Karenina y Madame Bovary, Los Miserables, Los tres Mosqueteros, La Condesa de Parma, Hamlet, El rey Lear, Macbeth, Los hermanos Karamazov, El Príncipe Idiota, Humillados y Ofendidos, Memorias del Subsuelo, El Jugador. Son títulos directos, denotativos, englobantes. No sugieren mucho, invitan a entrar en el contenido para develar sus mensajes, extraordinarios, por cierto.


Esta galería que nos ofrece el arte de titular nos lleva de la mano hacia los títulos informativos: Sin Novedad en el frente, El Viejo y el mar, Moby Dick. Descriptivos. Bajo el volcán. Historia universal de la Infamia. Declarativos: El año que pasé en la bahía de nadie, El tambor de hojalata, Si una noche de invierno un viajero, Declaración de amor a las ventanas.
  Un tranvía llamado deseo. Amenazantes: Escupiré sobre sus tumbas.   Crípticos y enigmáticos: El Aleph, Rayuela, Katábasis, Trilce, Altazor, Anábasis. Metafóricos: El ruido de las cosas al caer, El oro de los tigres, Señal de Cuervos, la Aldea Desvelada, La otra raya del tigre, Serenidad Sitiada, Morada al sur, Suenan Timbres. Paródicos: La Habana para un infante difunto, La vuelta al día en Ochenta mundos, Estaba la pájara pinta, Calicalabozo. Inintelegibles: O, Y, No, que pertenecen a la hagiografía del bolero.

Las vanguardias de principio del siglo XX, anunciadas, preparadas y catalizadas por tres colosos a quienes se les llama Maestros de la Sospecha: Marx, Freud y Nietzche, yo agregaría a Darwin, trastocaron el orden mundial, con Don Quijote de la Mancha, ejercieron la duda, nos invitaron a ver más allá de la apariencia, se atrevieron a considerar que el universo y nuestra pequeña bola azul, no operan en blanco y negro; hay matices, diálogos cósmicos y terrenales, manifestaciones de la materia y la energía, relaciones entre los hombres y la naturaleza que es preciso interpretar para generar profundas transformaciones. Se aceleraron grandes cambios de forma y de fondo. Marcel Duchamp expuso su famoso mingitorio o urinario en 1917, lo llamó Fuente y quiso mostrar, entre tantas cosas, que los objetos no solo tienen una función utenciliar sino que están dotados de estética, sea de lo bello, lo feo, lo ridículo, lo absurdo. Lo que pasa es que el encantamiento de la cotidianidad no nos deja ver ese otro lado. Como pensar que los murciélagos tienen su propio sol. Ya Baudelaire había descubierto el aura de la ciudad moderna, con sus máquinas y edificios, su esplendor y su miseria, sus bulevares y oscuros recovecos. La pintura dialoga con la Poesía, Apollinaire escribe y dibuja el poema en sus famosos Caligramas. Los títulos que surgieron con las Vanguardias son un espejo de época: Esto no es una pipa, de Rene Magritte, así el ojo vea lo contrario, Andamios Interiores y Poemas Interdictos del mexicano Maples Arce, Suenan Timbres de nuestro único vanguardista, Luis Vidales, Trilce y Altazor, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía y la Masmédula, del argentino Oliverio Girondo, Crepusculario de Neruda, Sóngoro Cosongo de Nicolas Guillén. La poesía de vanguardia renueva el lenguaje, le apunta a la Entropía y transtorna los fines de la poesía tradicional –el culto a la belleza y los cánones de la armonía estética-. Pone en crisis el uso racional del lenguaje, la sintaxis y semántica lógicas, la expresión declamatoria y la tradición musical (rima, métrica, formas canónicas tradicionales); le da primacía a la imaginación, a las imágenes audaces y visionarias, al asintactismo, a nuevas disposiciones tipográficas con efectos visuales; en síntesis, apunta a una forma fragmentada y discontinua que hace de la simultaneidad el principio constructivo esencial: Golpe de Dados de Mallarme, es un texto icónico.

Portada de la Revista Cántiga. Publicada por el Grupo Si Mañana Despierto


Como se colige, el arte de titular está marcado por las vicisitudes de la historia. Cada día trae su propio afán y su impronta de identificación. Algunos fueron cambiados, por insinuación del editor o por decisión personal: La vida puerca se llamó en principio la novela de Roberto Arlt, Ricardo Guiraldes le sugirió El Juguete Rabioso y se convirtió en un clásico. Tolstoi escribió su monumental Bien está lo que bien acaba, pero lo cambió a Guerra y Paz, y así pasó a la posteridad. Baudelaire llamó las Lesbianas a lo que luego sería Las Flores del Mal, cambio más que oportuno. Orwell bautizó en principio su distopía El último hombre en Europa, que se transformaría, por guiño del editor, en 1984. Sobra exaltar su carácter premonitorio en torno a las sociedades invasoras e invadidas. Se sabe que García Márquez cambió La Casa a Cien Años de Soledad, esa metáfora real-maravillosa de nuestro acontecer. Para que quede resonando en la memoria, de este Viernes, día de Venus, les dejo en duermevela algunos títulos que personalmente me suscitan admiración: Lo que el viento se llevó, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (Blade Runner, en su versión cinematográfica), Recuerdos del porvenir, Piedra de Sol, Historia Universal de la Infamia, El oro de los tigres, Morada al sur, Señal de Cuervos, Música para Camaleones, Si una noche de invierno un viajero, El ser no es una fábula, Si Mañana Despierto, Serenidad Sitiada. Conversación a oscuras.

Pienso en la afortunada expresión de Ernesto Sábato en sus conversaciones con Borges: el título es la metáfora esencial de un libro.

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 


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