TERTULIA DE ROSITA

 

Hace unos día ha culminado el XXVI Festival de Poesía de Cali... Y en el aire el aroma de la palabra que enaltece la dignidad y la belleza, y entre la poesía y la gente maravillosa, y entre ese poema de Guadalupe y la poesía de la poeta boliviana Vilma Tapia Anaya, esa Cali mágica y genial a la orilla de ríos milenarios... Conclusión, Cali es Cali y lo demás es poema... Otro día hablaremos de esos otros poemas secretos que recorren la ciudad, o hablaremos del río Pichindé, o de la Leonera, o de San Antonio, o de las gatas del gato, o de Hugo y sus secuaces de playa baja... Mientras, los invito a recorrer esa otra ciudad desde la sombra a través de la palabra de uno de los poetas caleños que sirven de mensajeros del asombro... Pasen y lean y si después de leer quieren tertuliar, nos vemos donde Rosita. Gracias al poeta Jorge Eliécer Ordóñez por permitir publicar su misiva en nuestro blog... y saludos a Rosita, desde esta montaña en la que alguna vez estuvo el mar... 

 

TERTULIA DE ROSITA

Una tarde de abril del año 2026

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz    

 



La ciudad es una estrella de mar, viva, palpitante, con sus alas extendidas hacia todos sus puntos cardinales. Al oeste Los Farallones, con su llave de entrada, la poderosa efigie de Cristo Rey, cuyo rostro mira a la ciudad y sus brazos se extienden hacia la lejanía como si cuidaran los cauces que bajan de la cima y se engarzan a la ciudad, como una dádiva, pero también como un oscuro designio de abatimiento y depredación citadina.

El barrio Alameda es para mí el corazón de esta nave fracturada. Allí, en los finales del año cuarenta, mi padre, un forzado inmigrante de las tierras del sur, enamoraba a mi joven madre, cantándole tonadas del trío Vegabajeño de Puerto Rico y dándole vueltas a la manzana, en una vieja bicicleta que le prestaba su compadre, el carpintero. Las abuelas maternas, provenientes de la colonización paisa en estas tierras, planas y cálidas, habían montado, en todo el frente de la Galería del barrio un restaurante donde se asistían las tres comidas cotidianas a la singular clientela: jinetes del viejo hipódromo de la ciudad, chilenos, argentinos, mexicanos, ecuatorianos y colombianos, quienes actualizaban sus músicas autóctonas, departían, fumaban y apuraban algún aguardiente cerrero. Mi primera iniciación musical se sitúa en esos corredores de una antigua casa que terminaba en un patio inmenso con mangos, papayas y mamoncillos. Los tangos y los boleros, los guapangos y corridos, los pasillos andinos, estaban a la orden del día. Pedro Infante, Carlos Gardel, Olimpo Cárdenas, Juan Arvisu, Eva Garza, José Alfredo Jiménez eran los patronos de esa bohemia itinerante, que empezaba con el olor de los huevos pericos y se extendía hasta cuando la ley del miedo y el toque de queda, se anunciaba con un bramido de sirena y uno que otro tiro, al aire o al cuerpo, porque se vivían, como ya es costumbre, tiempos turbulentos. El Cristo Rey, en la cima del cerro cobijaba con su silencio pétreo los destinos indescifrables de los pasajeros del día y los fugitivos de la noche.

Pero no solo llegaban los intrépidos jinetes, también los obreros de la harinera cercana, los vendedores de plaza, los ocasionales culebreros, con su boa al hombro, los carretilleros que surtían la galería de frutas y legumbres, algunas mujeres vestidas de popelina y bríos atolondrados en las ancas, una que otra monjita del colegio cercano, los luchadores y futbolistas que pasaban hacia sus lugares de entreno, en ese punto limítrofe donde terminaba la ciudad del medio siglo: El Templete.

Rodeaban al barrio Alameda otros con nombres sonoros: Bretaña, Guayaquil, Cien Palos, El Cedro, Champagnat, San Fernando. Los domingos, a lo lejos, se escuchaba el pregón del estadio cuando los entusiastas hinchas coreaban los goles, que hoy son una quimera. El cine, que siempre ha sido mejor que la vida, montaba su mitología en los teatros Alameda y Asturias, a donde, después de la misa en San Bosco o El Perpetuo Socorro, el Padre nos llevaba a conocer a Tarzán y Cantinflas en la función matutina, llamada con el simpático nombre de matiné, para darle una filiación extranjera. La social, vespertina y nocturna, en cine continuo, estaba reservada para los adultos, extraño ritual de ocultamiento que los niños nunca pudimos entender, cuando más, imaginar.

Un estallido brutal, un golpe helado nos despertó en la madrugada del 7 de agosto de 1956. Mi percepción infantil, mis oídos incipientes, tocados por otras músicas y ecos, guardan ese instante como la premonición de un estallido apocalíptico. En los días siguientes, con el duelo a cuestas, los jinetes siguieron corriendo en el hipódromo, los futbolistas inventando túneles y bicicletas para mantener el grito en las tribunas, las coperas – toda una institución-y los culebreros, casi en susurro, encendiendo sus voces para mantener la función citadina. El cine de barrio se mantuvo hasta el día cuando en su lugar se instalaron templos surgidos de la nada, bodegas para guardar el sobrante de la plusvalía. Cambiaron los tiempos, señor.


Setenta años después, gracias a la curva, y a las serendipias, nos citamos con el poeta Carlos Fajardo, su maga ocañera, Nubia Conde y mi hermana menor, Miryam, en todo el frente del parque Saavedra Galindo, tal vez para mantener encendido un fuego ancestral en la memoria, que en breve será otra quimera, como los goles y el polvo de los caballos en el hipódromo. (Miryam viene del sur: sin saberlo, ni planearlo –porque es maestra- está cumpliendo el ritual del salmón, heredado del padre).

Después del almuerzo de mar en La Sirenita salimos a buscar un café. En mitad de la cuadra, luego de la curva inexorable, descubrimos un rinconcito de ciudad, tímido, casi escondido entre anuncios de celulares, rejuvenecimiento instantáneo y chucherías de todo tipo. Tertulia de Rosita. Unas mesas de mínima extensión, unos butaquitos ídem, retratos del Cali viejo en las paredes, al fondo una vitrina con cervezas y una administradora del lugar. (Luego supimos que era una de las hijas de Rosita, la prudente y amable propietaria).

Hay músicas y espacios que te devuelven en el tiempo. Hay rostros y gestos que te obligan a postergar los instantes. Hay palabras, como abejas polinizadoras, que mantienen sus puntos suspensivos para que siga fluyendo la vida en su tiempo intemporal, en su cronotopo que junta los destinos como en un juego de cartas barajado por ángeles que no conocemos. Llegaron los serenateros itinerantes, quizás nietos de los que llegaban al restaurante de las abuelas Rosa y María, llegó una pareja de ancianos, exultantes y solidarios, llegó un pesista que con su sonrisa y su canto espontáneo nos hizo olvidar de su ostentosa musculatura. Llegó una canción, de esas que lanzan piedrecitas a los ojos, llegó, en fin, ese puente de años que conecta nuestras dos orillas.

Rosita, más que septuagenaria tal vez, con su piel trigueña, su cabello blanco, rizado nos acogió en su memoria, nos contó sobre las dinámicas que se mueven en su pequeño rincón y con su actitud de avezada anfitriona nos dejó entreabierta la puerta del retorno.  Yo le prometí unas líneas, tal la emoción que me produjo retornar a esos lugares, donde alguna vez, en un parque, en un teatro, en un mangón con vacas y cometas, en una calle, con años viejos y pólvora, la vida empezó a echar sus primeras puntadas.

Sus padres venían del barrio Meléndez, panameño él, payanesa la madre; se asentaron en el año 1944 en la Alameda, que en sus inicios era un ejido con humedales, unas cuantas casas de adobe y teja y grandes extensiones hacia el suroriente de la pequeña ciudad que empezaba a expandirse por el arribo de varias empresas nacionales y extranjeras. Grandes oleadas migratorias llegaron a Cali tanto por el auge económico como por el desplazamiento forzado que trajo consigo la ignominiosa violencia bipartidista.

Cuenta Rosita que las calles del barrio eran empedradas, los muchachos jugaban fútbol, bolas y trompo. En las navidades las familias intercambiaban platos autóctonos. Asistían a cine en los teatros Asturias y Alameda, cerca funcionaba una gallera y en algunos lugares se alquilaban bicicletas y cuadernillos de comics y aventuras. En familia iban a la misa en San Bosco, Perpetuo Socorro y Santa Rosa, en cuyo parque ejercía su trabajo el inefable fotoagüitas, ese camarógrafo de plaza que cifró innumerables encuentros sentimentales con la paciencia y el donaire de la mitad del siglo.

Rosita se casó muy joven, a los 18 años, tuvo cuatro hijos y desde hace 35 años administra su cálida tertulia, siempre en el barrio Alameda, para mantener el candil familiar que la alumbra desde sus 6 meses de nacida, cuando llegó con su familia a tomar posesión de estas tierras que cambiaron su vocación de ejido, con vacas y ciénagas, al lugar actual, dominado por comercios, restaurantes de mar y rumbeaderos de la vieja guardia. La Alameda es un fósil incrustado en el corazón de la ciudad, mantiene buena parte de su arquitectura inicial, pero le agrega, lastimosamente, una que otra muela discordante, en una falsa concepción del progreso.

Donde Rosita se siguen oyendo tangos, boleros, pasillos andinos, música antillana. Por sus predios pasaron locutores de los años 50, futbolistas como Edgar Mallarino y un indio aguerrido que marcó la transición entre la mechita, que jugaba como nunca y perdía como siempre y el primer campeón del año 79: Jorge Ramón, La Fiera Cáceres. Allí está, en esa suerte de pinacoteca de la nostalgia, al lado de la vieja casa de bahareque y berlina negra, la Ermita, el río Cali, cuando aún atravesaba la ciudad, de cal y canto.      

Testigos de la pequeña magia de domingo de atardecer, las palmas de la Alameda, el poeta Carlos Fajardo y su maga cotidiana, mi hermana menor, quien pudo corroborar con sus ojos, su inteligencia (lectura interior), y sus vagos recuerdos, cuál es el lugar exacto donde ponen las garzas y se cuecen las habas.

El resto lo rubrica la tarde, Rosita y sus hijas, los caminantes que se dejan llevar por el designio de la curva y el eco de alguna canción que les devuelve retazos de su historia. 

 


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