POR UN PAÍS AL ALCANCE DE LOS NIÑOS Y DEL MAESTRO
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| Mural que combina el Gabo Azul y a Jaime Garzón. Estudiantes de 7° de la IE JAIME GARZÓN QUEBEC de Duitama. Lectores geniales y magos en potencia. |
Fue en la Universidad cuando comencé a comprender y a dimensionar la importancia de la obra de Gabriel García Márquez. Recuerdo el momento exacto. Estaba en la casa del poeta Jorge Eliécer Ordóñez. Es probable que fuéramos los sobrevivientes de una de esas tertulias inmortales que hacíamos en Tunja, cuando Tunja era una fiesta. Estábamos en la sala: ya habíamos escuchado cualquier cantidad de música, boleros, son cubano, Julio Jaramillo, el Compadre José Alfredo; y hablábamos y hablábamos de poesía y de literatura. Los que tienen experiencia en estas lides que combinan la vida y las pulsiones con lo etílico y el arte de la conversación y del silencio, saben que hay un momento de la noche en la que hay unas pausas en las que la lucidez se impone y la ebriedad amaina, iluminando la expectativa de lo sagrado. En ese momento el poeta recordó que tenía una grabación de García Márquez leyendo algún pasaje de Cien años de soledad. Esa parte hermosa en la que nuestros ojos ven de lejos a la horrible Remedios. Seguramente en alguno de esos cassettes cuidados como un tesoro que tenía el poeta como parte de su biblioteca. Esa misma grabadora en la que grabamos tantos programas de nuestro programa Ciudad Sumergida. Recuerdo al poeta Jorge, sentado y abrigado, escuchando conmovido, por supuesto, hasta las lágrimas, esa voz caribeña y depurada por los siglos, tan característica de la magia de la que es capaz este país. Así comenzó un análisis de Jorge Ordóñez sobre la importancia de esa obra. La conclusión, una vez más, es que un futuro maestro no debe ser inculto. ¿Cómo era posible que no hubiera leído esa novela? Así que el lunes, a conseguir la novela y dejar la mediocridad...
Hasta el momento he leído esa novela tres veces. Una de ellas con mis estudiantes. La anécdota es genial: En esa ocasión, leíamos una hora a la semana. Había una hora de lectura semanal. El libro que propuse fue Cien años de soledad. Yo leía en voz alta y ellos seguían la lectura. El día que comenzamos, les leía y les iba señalando con ejemplos la sazón, el buqué, el atisbo del milagro, en esas líneas. Eso que puede hacer un ser humano con palabras y pasión. Pero lo de Gabo se trataba de un don, seguramente. A los ocho días se supone que continuábamos la lectura. Sin embargo, sucedió la magia. Melisa, una de esas estudiantes que "sobran" en todos los colegios, según los parámetros de algunos gendarmes de turno, que cuidan y mandan, en esas prisiones llamadas instituciones educativas... Melisa, esa niña que daba miedo, y a la que muchos le temían por su agresividad, por su pasado, por su dureza, y que había llegado al Jaime Garzón ese año cómo una última oportunidad que le daba la vida; esa Melisa que tuve que separar de otra niña porque estaban peleando por culpa de un muchacho y sus amores generosos... escúchenlo bien, esa Melisa, en esa semana, se había leído Cien años de soledad. La lectura inocula la magia, y esta niña dejó que esa novela resguardara su espíritu, al menos por un tiempo...
A raíz de eso, fundamos en el colegio, el taller de creación Gabo Azul, como homenaje al Maestro y como camino hacia la magia. Y desde el taller, compartimos con ustedes otro de sus textos más geniales, ahora que este país no deja de entender que podría ser artífice de un cambio que le permita dignificarse; el texto se llama Por un país al alcance de los niños. Lo leímos hoy... así que pasen la voz, y si pueden, denle saludos al poeta Jorge Ordóñez y a Melisa, si los ven por ahí, en los pasillos del sueño. Ahí nos vemos.
POR UN PAÍS AL ALCANCE DE LOS NIÑOS Y DEL MAESTRO
El texto fue tomado de https://repository.ucc.edu.co/

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